viernes, 19 de julio de 2013

La verdad sobre los productos made in China

La historia detrás de la carta que un trabajador chino escondió en un producto destinado a EEUU



La carta de Zhang que llegó hasta Oregon (Susan Keith)La carta de Zhang que llegó hasta Oregon (Susan Keith)El misterio vino envuelto en una lápida, una de esas de plástico que se ven por todo Estados Unidos cuando se acerca Halloween. La compró una mujer llamada Julie Keith y, en cuanto abrió la caja de cartón en el salón de su casa en Oregón (Estados Unidos), conmocionó a la opinión pública: en su interior había una nota manuscrita.
"Señor: Si compra este producto con regularidad, por favor, reenvíe esta misiva a la Organización de Derechos Humanos", decía. "Hay aquí miles de personas que viven bajo la represión del Gobierno del Partido Comunista Chino que se lo agradecerán y le recordarán para siempre".
En un par párrafos escritos en papel cebolla, el autor de la nota explicaba que era un trabajador que había colaborado en la fabricación de ese producto bajo condiciones draconianas; que estaba preso en un campo de trabajo del noreste de China, a 8.000 kilómetros del destino final de la lápida de plástico, donde trabajaba unas 15 horas al día, siete días a la semana, bajo el yugo de sádicos vigilantes.
La atención mediática que recibió la carta fue espectacular. Era la primera vez que se conocían los detalles del sistema penal de "reeducación a través del trabajo" que China ha implementado para ocupar a los presos por crímenes de menor gravedad (los que ejercen la libertad de religión y de pensamiento, por ejemplo) en reclusiones de cuatro años para las que no se necesita sentencia. El problema con la historia era que, posiblemente, no había historia. La carta podía haber sido escrita en cualquier sitio y su información podía ser inventada.
Hasta ahora. Un hombre de 47 años que ha pedido que solo se le identifique por su apellido, Zhang, se ha postulado como autor de la carta cuando estaba preso en un campo de trabajo llamado Masanjia.
Admite que escribió una veintena de esas misivas y las metió en productos que salían de allí y que, a juzgar por el hecho de que su embalaje estaba en inglés, llegarían a Occidente. "Fantaseaba, durante mucho tiempo, que una de las cartas llegarían al extranjero pero al poco perdí la esperanza y las olvidé", explica ahora.
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Hay motivos para pensar que Zhang no está mintiendo. Su forma de hablar inglés casa con el estilo de la carta y sus compañeros en Masanjia han corroborado su testimonio. Siempre queda la posibilidad de que otro reo haya escrito la carta que llegó a Oregón, pero eso es más complicado de verificar.
El crimen que llevó a Zhang a ser recluido es el mismo que el de gran parte de los presos de Masanjia: es parte de Falun Gong, una religión cuyos miembros dedican ímprobos esfuerzos a ridiculizar al gobierno chino. Éste, a su vez, los considera secta y los encierra. Reciben un trato especialmente cruel. Tienen que renunciar a su fe, recibir electroshocks cuando sus guardias consideran que no se portan bien y, en ocasiones, se les atan los extremos a cuatro camas que, luego, los guardias van separando más y más. A veces se quedan así durante días, tumbados sobre sus propios excrementos.
Quizá por eso el agotador trabajo es casi un alivio, una alternativa mejor a los talleres de "reeducación", que consisten en cantar himnos y recitar nomas de conducta de pie bajo el sol, durante horas. El campo fabrica productos (generalmente etiquetados con un engañoso Made in Italy) que luego se venden en todo el mundo y generan dinero para el Gobierno chino, haciendo el cierre de estos campos algo especialmente complicado.
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Zhang ya no está en ese infierno laboral. Su condena terminó en 2010 pero todavía recuerda las lápidas que luego compró Julie Keith. Recuerda también cómo tuvo que robar papel y lápiz para escribir las cartas (los presos no tienen acceso a ese material; los robó de una oficina mientras la limpiaba) y esconder el resultado final en su cama hasta que se topara con algún producto que podía ir al extranjero. Entonces operaba con cautela. "Si lo hacía demasiado pronto podían caerse y si lo hacía demasiado tarde no podía meterlas en el paquete", explica.
Keith compró ese producto en una cadena de grandes almacenes llamada WalMart (que niega conocer cualquier abuso laboral) en 2011. No lo abrió hasta el año pasado. No sabía nada de China, solo que de ahí venían muchos productos que tenía en casa. "Cuando la nota cayó al suelo desde la caja y mi hija la recogió, dudaba de que fuera real", recuerda. "Pero luego busqué Masanjia en Google y pensé: 'Vaya, ese no es un lugar bonito".

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