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viernes, 15 de abril de 2011
Una cosa cada vez
Está de moda hacer la mayor cantidad de cosas posible al mismo tiempo. Pasear hablando por el móvil o escuchando música, con el riesgo que supone a la hora de cruzar la calle. Yo he podido comprobarlo muchas veces. Estar en el ordenador trabajando mientras se comprueban los correos y el facebook, con lo cual acabas tardando el triple de lo previsto. Aprovechar la hora de mediodía para ir a la compra, al gimnasio o a la peluquería. Ir a la compra con los niños. Todo este tipo de actividades en cadena provocan un stress que no es evidente y resulta más difícil de identificar, pero a la larga va resintiendo la tranquilidad de la persona.
Se pueden hacer varias cosas a la vez, pero no se hacen bien. Lo ideal es centrarse en una sola con lo cual se gana en rapidez y eficacia, mientras que simultaneando varias actividades lo normal es que todas queden al cincuenta por ciento de su capacidad. Hay que saber echar el freno y organizarse el tiempo. Y si no sobra para ir al gimnasio, tampoco es cuestión de agregarse obligaciones innecesarias. Hace el mismo efecto subir y bajar las escaleras andando y es más barato. Tampoco hay que llevar el pelo como una modelo. O enterarse de todas las noticias sin importancia que aparecen en la red. Hay que aprender a discriminar entre lo necesario y lo superfluo, para así poder vivir más relajadamente.
Se pueden hacer varias cosas a la vez, pero no se hacen bien. Lo ideal es centrarse en una sola con lo cual se gana en rapidez y eficacia, mientras que simultaneando varias actividades lo normal es que todas queden al cincuenta por ciento de su capacidad. Hay que saber echar el freno y organizarse el tiempo. Y si no sobra para ir al gimnasio, tampoco es cuestión de agregarse obligaciones innecesarias. Hace el mismo efecto subir y bajar las escaleras andando y es más barato. Tampoco hay que llevar el pelo como una modelo. O enterarse de todas las noticias sin importancia que aparecen en la red. Hay que aprender a discriminar entre lo necesario y lo superfluo, para así poder vivir más relajadamente.
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miércoles, 12 de mayo de 2010
Cinco minutos antes
Todas las mañanas salgo para el colegio demasiado pronto. Sé, por experiencia, que si tardo cinco minutos más el tráfico se convierte en una selva. Todos aquellos que han salido con la hora justa conducen por encima del límite de velocidad. En las rotondas compiten en exhibiciones de destreza y reflejos que, de vez en cuando, acaban mal. Se empeñan en adelantar aunque sea por la derecha, como si fueran a recuperar el cuarto de hora que les hace falta, y no apenas un par de minutos, con suerte.
Un poco más tarde, la paz regresa a mi pequeña ciudad y los habituales nos movemos sin prisa por las calles solitarias. Pero no puedo evitar recordar que ya ha habido varias muertes por atropellos y las seguirá habiendo si no cambian de mentalidad. Cinco minutos antes en el despertador, pueden ser la diferencia entre todo y nada. Además, vivir con ese stress continuo perjudica gravemente la salud. Necesitamos bajar el ritmo y concentrarnos en hacer menos cosas, pero mejor; empezando por proteger nuestras vidas y la de los demás.
Un poco más tarde, la paz regresa a mi pequeña ciudad y los habituales nos movemos sin prisa por las calles solitarias. Pero no puedo evitar recordar que ya ha habido varias muertes por atropellos y las seguirá habiendo si no cambian de mentalidad. Cinco minutos antes en el despertador, pueden ser la diferencia entre todo y nada. Además, vivir con ese stress continuo perjudica gravemente la salud. Necesitamos bajar el ritmo y concentrarnos en hacer menos cosas, pero mejor; empezando por proteger nuestras vidas y la de los demás.
jueves, 3 de diciembre de 2009
Conduciendo por la vida
Soy una gran defensora de la idea de que por la manera de conducir se conoce a las personas. Por desgracia, la mayoría dan la impresión de estar terriblemente estresados, pero de vez en cuando te encuentras a alguien que te cede el paso y te alegra el día. Yo creo que viene a haber un veinte por ciento de egoístas, un sesenta de indiferentes, que sólo van a lo suyo y otro bendito veinte por ciento de gente decente. Junto a mi casa hay un cruce complicado y lo compruebo cada mañana.
En cuanto a nosotros, es curioso, porque mi marido da la impresión de persona seria y controlada, pero, como yo le digo, conduce como un adolescente. No en el sentido de que vaya como loco, sino que practica una conducción deportiva muy juvenil. No hay cosa que más le guste que adelantar por el carril derecho (sin peligro) o meterse entre dos autobuses. Yo lo paso fatal, pero tiene muy buenos reflejos. Todo lo contrario que yo, que no me atrevo a salir de mi ciudad.
Sin embargo, yo también saco el carácter en el coche. No, no me dedico a insultar a nadie. Me refiero a que soy escrupulosamente respetuosa con las normas de tráfico. No paso nunca de cincuenta kilómetros por hora en zona urbana, paro en los pasos de cebra y demás. Pero si llego a la rotonda y me puedo meter entre dos coches, o en el cruce tengo diez segundos para pasar acelerando a tope, ahí estoy yo. Y el caso es que paso miedo, pero lo hago, porque de otro modo estorbaría al tráfico.
Así que, realmente creo que nuestra persona de conducir refleja la personalidad. Ni mi marido es una persona tan formal, ni yo soy tan cautelosa. Él conserva un temperamento juvenil y yo el arrojo que tenía cuando éramos novios y decíamos una mañana: nos vamos a Londres, pues nos vamos, y no lo pensábamos más. En el fondo seguimos siendo los mismos aventureros, aunque ahora la aventura sean nuestros hijos y la defensa de nuestros valores.
En cuanto a nosotros, es curioso, porque mi marido da la impresión de persona seria y controlada, pero, como yo le digo, conduce como un adolescente. No en el sentido de que vaya como loco, sino que practica una conducción deportiva muy juvenil. No hay cosa que más le guste que adelantar por el carril derecho (sin peligro) o meterse entre dos autobuses. Yo lo paso fatal, pero tiene muy buenos reflejos. Todo lo contrario que yo, que no me atrevo a salir de mi ciudad.
Sin embargo, yo también saco el carácter en el coche. No, no me dedico a insultar a nadie. Me refiero a que soy escrupulosamente respetuosa con las normas de tráfico. No paso nunca de cincuenta kilómetros por hora en zona urbana, paro en los pasos de cebra y demás. Pero si llego a la rotonda y me puedo meter entre dos coches, o en el cruce tengo diez segundos para pasar acelerando a tope, ahí estoy yo. Y el caso es que paso miedo, pero lo hago, porque de otro modo estorbaría al tráfico.
Así que, realmente creo que nuestra persona de conducir refleja la personalidad. Ni mi marido es una persona tan formal, ni yo soy tan cautelosa. Él conserva un temperamento juvenil y yo el arrojo que tenía cuando éramos novios y decíamos una mañana: nos vamos a Londres, pues nos vamos, y no lo pensábamos más. En el fondo seguimos siendo los mismos aventureros, aunque ahora la aventura sean nuestros hijos y la defensa de nuestros valores.
miércoles, 15 de abril de 2009
Sobre perros y niños
Hay gente que saca a pasear al perro como quien lleva el carro de la compra. Van pensando en sus cosas y no se relacionan con el animal. Se nota cuando un perro es querido. Tiene una actitud especial y ambos disfrutan mucho de su compañía mutua. El que no lo hace así, no sabe lo que se pierde. Con algunas madres pasa lo mismo. El otro día en la farmacia había una mujer con una niña monísima de unos dos años y un bebé dormido en el cochecito. Cuando yo estaba en esa situación, me encontraba agotada, pero no había quien me quitara la sonrisa de la cara mirando a mis hijos. La mujer llevaba cara de funeral.
El roce hace el cariño. Probablemente deja a los niños en la guardería de siete a siete y, cuando sale del trabajo, no tiene ni ganas de verlos. También podría ser que no trabaje, pero esté tan agobiada por la casa que no sea capaz de disfrutar de sus hijos. De todo hay. En cualquier caso, es un desperdicio. No me cabe en la cabeza cómo alguien puede ver la relación con sus hijos como una penosa obligación. El stress están haciendo estragos en las familias. Ahora es cuando pensáis que no les queda más remedio que trabajar todo el día, y no tienen con quién dejar a los niños. Entonces no debería haber tenido dos hijos tan seguidos. Ahora se puede evitar. Una madre tan amargada no puede ser una buena influencia para sus hijos.
Los padres. Algunos me impresionan por lo bien que se han adaptado a su nuevo papel en la sociedad. Otros, se nota que desempeñan sus labores de padre como una tarea más. Pero, nos guste o no, un niño pequeño necesita especialmente la relación íntima con su madre. Después, cuando ya tienen tres o cuatro años, es el momento del padre, de ampliar su mundo emocional y vital. Eso no quiere decir que el padre no se implique desde el principio también en los cuidados. Pero una madre, por naturaleza, debería ser feliz sólo con estar con sus hijos el rato que pueda al día, y cuanto más mejor. Otra cosa, resulta antinatural, y muy perniciosa para los niños.
El roce hace el cariño. Probablemente deja a los niños en la guardería de siete a siete y, cuando sale del trabajo, no tiene ni ganas de verlos. También podría ser que no trabaje, pero esté tan agobiada por la casa que no sea capaz de disfrutar de sus hijos. De todo hay. En cualquier caso, es un desperdicio. No me cabe en la cabeza cómo alguien puede ver la relación con sus hijos como una penosa obligación. El stress están haciendo estragos en las familias. Ahora es cuando pensáis que no les queda más remedio que trabajar todo el día, y no tienen con quién dejar a los niños. Entonces no debería haber tenido dos hijos tan seguidos. Ahora se puede evitar. Una madre tan amargada no puede ser una buena influencia para sus hijos.
Los padres. Algunos me impresionan por lo bien que se han adaptado a su nuevo papel en la sociedad. Otros, se nota que desempeñan sus labores de padre como una tarea más. Pero, nos guste o no, un niño pequeño necesita especialmente la relación íntima con su madre. Después, cuando ya tienen tres o cuatro años, es el momento del padre, de ampliar su mundo emocional y vital. Eso no quiere decir que el padre no se implique desde el principio también en los cuidados. Pero una madre, por naturaleza, debería ser feliz sólo con estar con sus hijos el rato que pueda al día, y cuanto más mejor. Otra cosa, resulta antinatural, y muy perniciosa para los niños.
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Nasciturus proiam nato habetur, si de eius commodo agitur
