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viernes, 4 de marzo de 2011

Marcha atrás

Casi todos los días aparco en batería en la mediana de una calle principal de mi ciudad. Cuando salgo marcha atrás me falta visibilidad y tengo que hacer un esfuerzo y pensar que nunca pasa nada, y si viene un coche me pitará antes de que sea demasiado tarde. Sin embargo, soy demasiado consciente de que esa maniobra diaria conlleva un riesgo innecesario. Pero no es la única. Continuamente en la vida tomamos decisiones y salimos adelante a ciegas, porque no es posible hacerlo de otra manera. Cuando me saqué el carnet de conducir montaba grandes atascos porque nunca me atrevía a avanzar en los cruces. Ahora sé que el tráfico no puede parar por mi culpa, y la vida tampoco.

Hay veces que dan ganas de tirar la toalla, bajarse del coche y no intentarlo más. Cuando pienso en la historia de la humanidad y cuánto ha costado cada paso adelante que se ha dado, parece que ahora más bien vamos hacia atrás. Pero es que a veces la única manera de avanzar es retrocediendo. Como una metáfora de mi salida del aparcamiento, la historia de la Salvación es un camino que se pierde en muchas encrucijadas y a menudo resulta haber tomado una ruta equivocada. Pero, sin embargo, comparando nuestra época con dos o tres mil años atrás, no hay duda de que los hombres hemos avanzado mucho, al menos en conocer el camino correcto, aunque muchos sigan prefiriendo no seguirlo. Ése es el problema de la libertad.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Cinco minutos antes

Todas las mañanas salgo para el colegio demasiado pronto. Sé, por experiencia, que si tardo cinco minutos más el tráfico se convierte en una selva. Todos aquellos que han salido con la hora justa conducen por encima del límite de velocidad. En las rotondas compiten en exhibiciones de destreza y reflejos que, de vez en cuando, acaban mal. Se empeñan en adelantar aunque sea por la derecha, como si fueran a recuperar el cuarto de hora que les hace falta, y no apenas un par de minutos, con suerte.

Un poco más tarde, la paz regresa a mi pequeña ciudad y los habituales nos movemos sin prisa por las calles solitarias. Pero no puedo evitar recordar que ya ha habido varias muertes por atropellos y las seguirá habiendo si no cambian de mentalidad. Cinco minutos antes en el despertador, pueden ser la diferencia entre todo y nada. Además, vivir con ese stress continuo perjudica gravemente la salud. Necesitamos bajar el ritmo y concentrarnos en hacer menos cosas, pero mejor; empezando por proteger nuestras vidas y la de los demás.

lunes, 17 de agosto de 2009

Viajando

Una mujer al volante de un todoterreno realiza maniobras extrañas. Está hablando por teléfono a ciento veinte kilómetros por hora. Si se quiere suicidar, que lo haga en el patio de su casa, no junto al coche de mi familia. Irresponsable. A continuación, un cartel nos advierte de un tramo de acumulación de accidentes, y yo me pregunto: ¿no sería mejor que solucionaran el problema? Tal vez deberían cambiarlo por un cartel que dijese: vaya Vd. rezando sus oraciones. Es como cuando advierten de peligro de desprendimientos. Como si se pudiera hacer algo por evitar las piedras. Lo lógico sería que colocaran una malla protectora en la falda de la montaña. Pero es mucho pedir, me temo. Prefieren anunciar el problema como si fuera una mejora de la señalización vial.

Mucha gente tiene la curiosa costumbre de adelantar primero y poner el intermitente después, porque no se diga que no lo han puesto. Pero, es que la función de la luz es avisar precisamente de que vas a cambiar de carril. Y, antes de hacerlo, deberían asegurarse de que hay sitio suficiente. Lo raro es que no haya más accidentes de tráfico. Los Ángeles de la Guarda deben hacer horas extras en verano. También he visto un cartel que decía Inundable, cuando también podría decir: sálvese quien pueda. Luego estan los tramos de obras que se abren oportunamente para la operación salida, y las carreteras peligrosas que nadie ha reformado en veinte años; pero, eso sí, tienen una señal que advierte de que te estas jugando la vida. Algo es algo.

Ahora que he vuelto de vacaciones, aprovecho para hacer un aviso al navegante: cuando digo que no voy a abrir un correo determinado, significa que lo voy a borrar sin leerlo. Soy una persona con palabra. Si no estaría traicionando mis propias ideas.

jueves, 4 de junio de 2009

Personalidad

Cuando me saqué el carnet de conducir, me hice bastante amiga de mi profesor de la autoescuela y pasábamos el tiempo hablando. Recuerdo que me dijo que pasaba miedo conmigo. No soy buena conductora, tengo pocos reflejos y no me gusta el tráfico. Pero no se refería a eso, sino a que cambiaba mucho de un momento a otro, según cómo me sintiera. Tan pronto iba demasiado tranquila, despacio, dejando pasar incluso a los que no debía; como iba demasiado segura, tomando decisiones drásticas en los cruces y atajando en las curvas. Creo que es una buena definición de mi personalidad.

Ya he contado que de pequeña era muy tímida, pero tenía carácter; así que me decían a menudo aquello de "caray con la mosquita muerta", cosa que a mí me molestaba mucho. Es triste pensar que cuando vas de persona educada por la vida, sin meterte con nadie ni querer llamar la atención, los demás suponen que no tienes nada que ofrecer, que eres tonto. Eso sí, te reconocen como una buena persona, sólo faltaba que no lo hicieran. Se supone que sólo es bueno el que se mantiene al margen y pone la otra mejilla, como los santos. Pero si quieres cambiar las cosas porque no te gustan, entonces pierdes la santidad.

No me gusta hablar tanto de mí misma, pero tampoco quiero que me malinterpreten. Confieso que soy yo la misma persona que se emociona hasta con los dibujos animados, que se derrite viendo cualquier animalillo, que intenta disfrutar de cada minuto del día. Soy yo la misma que me indigno ante los intereses egoístas que promueven el aborto, ante los nacionalistas acérrimos, ante los defensores de la tauromaquia; y, especialmente, ante aquellos que siguen indiferentes siempre que no les priven de sus propios placeres. Lo que siempre he llevado peor es lo que se llama tener "sangre de horchata" y querer mimetizarse con el entorno.

Así que creo que he renunciado a ser buena. Me limito a ser consecuente. Tener personalidad propia es lo más importante y lo que intento promover en mis propios hijos. Saber lo que quieres y por qué lo quieres. No dejarse llevar por la moda, la opinión pública, la actualidad. Eso es lo que distingue a una persona de un borrego. No estoy loca, no tengo varias personalidades. Simplemente reacciono según la situación y los sentimientos que me produce. Pero ante todo procuro enterarme de todos los detalles al respecto. No se puede formar una opinión sin tener todos los datos. Tampoco se puede juzgar a una persona sin conocerla totalmente.