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martes, 4 de enero de 2011
Volver a empezar
Todos los años por estas fechas nos replanteamos la vida, pero lo cierto es que cualquier momento es bueno para cambiar. Es una de las ventajas de esta existencia azarosa e incierta que tenemos. Si todo fuera estable y estuviera perfectamente regulado, desaparecería la evolución individual. Aunque somos las mismas personas desde el momento de la concepción, las circunstancias nos van modificando. A veces tenemos algún control sobre los cambios; pero otras muchas dependen en gran parte del azar o, para quien tenga fe, del destino, del proyecto vital que Dios tiene para nosotros. Sin embargo, generalmente contamos con la libertad de seguirlo o negarnos a hacerlo.
Llama la atención como una situación de pocos minutos puede cambiar el curso de nuestra vida, o incluso una decisión no muy meditada marca el camino que vamos a seguir en adelante. Por eso, es importante ser muy consciente y vivir con los ojos muy abiertos. Porque luego cuesta mucho más retroceder y tal vez no se pueda. En este año que comienza, espero que aprendamos a recuperar el sentido de la responsabilidad sobre nuestros actos; especialmente en España, donde parece ser que, por tradición, es más habitual dejarse llevar. Cada mañana es un buen momento para volver a empezar y apreciar la vida en todo lo que vale. Aprendamos a manejarla y no dejar que ella nos maneje a nosotros.
Llama la atención como una situación de pocos minutos puede cambiar el curso de nuestra vida, o incluso una decisión no muy meditada marca el camino que vamos a seguir en adelante. Por eso, es importante ser muy consciente y vivir con los ojos muy abiertos. Porque luego cuesta mucho más retroceder y tal vez no se pueda. En este año que comienza, espero que aprendamos a recuperar el sentido de la responsabilidad sobre nuestros actos; especialmente en España, donde parece ser que, por tradición, es más habitual dejarse llevar. Cada mañana es un buen momento para volver a empezar y apreciar la vida en todo lo que vale. Aprendamos a manejarla y no dejar que ella nos maneje a nosotros.
Etiquetas:
consciencia,
destino,
evolución,
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responsabilidad
jueves, 23 de septiembre de 2010
Greenpeace o green pasta
Acabo de ver un anuncio sobre el cambio climático, basado en el único fin de conseguir dinero a costa del miedo de la gente. Parece ser que hace cuarenta años no había desiertos, ni inundaciones, ni huracanes. Esas son las imágenes que ilustran hoy el tan temido calentamiento global. Sin embargo, yo recuerdo haber visto antes esa clase de cosas. Debo ser pitonisa. O, tal vez, resulta que el clima mundial no era tan idílico antes como cuentan. De hecho, se sabe que existen zonas que ahora son desiertos y hace miles de años eran mares y viceversa. El clima está en continua evolución porque se podría decir que es "interactivo" utilizando lenguaje actual, pero el hombre tiene muy poco que decir en todo esto.
Es decir, que los cambios no suceden de la noche a la mañana, sino que hay lugares del planeta que se están calentando, mientras otros se están enfriando desde hace siglos. Por tanto, la contaminación industrial no es más que un factor añadido que no suma demasiado al resultado. La influencia humana es muy relativa. Lo único indudable hasta ahora ha resultado ser que los gases CFC destruían la capa de ozono de la atmósfera; lo cual resulta un peligro real y tangible, que afortunadamente se está atajando. En cuanto a que la contaminación provoque cambios globales inmediatos en el clima, se trata de algo muy discutido y discutible, que - eso sí - mueve millones de euros en el mundo, en manos de organizaciones como Greenpeace.
Es decir, que los cambios no suceden de la noche a la mañana, sino que hay lugares del planeta que se están calentando, mientras otros se están enfriando desde hace siglos. Por tanto, la contaminación industrial no es más que un factor añadido que no suma demasiado al resultado. La influencia humana es muy relativa. Lo único indudable hasta ahora ha resultado ser que los gases CFC destruían la capa de ozono de la atmósfera; lo cual resulta un peligro real y tangible, que afortunadamente se está atajando. En cuanto a que la contaminación provoque cambios globales inmediatos en el clima, se trata de algo muy discutido y discutible, que - eso sí - mueve millones de euros en el mundo, en manos de organizaciones como Greenpeace.
lunes, 18 de enero de 2010
Un poco de historia de la humanidad
Si nuestro planeta fuera un sitio tan plácido como Pandora de la película Avatar, el ser humano nunca hubiera evolucionado hasta donde estamos hoy. Fueron precisamente las dificultades las que llevaron a los organismos unicelulares a volverse pluricelulares. Más tarde la evolución hizo posible la existencia de invertebrados, vertebrados, aves,peces, reptiles, anfibios y mamíferos. Fueron las circunstancias geológicas y climáticas las que favorecieron la aparición del homo sapiens. Antes que nosotros, los neanthertales habitaron la tierra durante cien mil años años. Los homo sapiens apenas llevamos unos venticinco mil, de los cuales sólo se tiene conocimiento de los últimos cinco mil años.
La Tierra sólo es un pequeño planeta probablemente entre millones en el universo. Suponiendo que Dios existe no estaría pendiente sólo de uno. Pero ante todo está el concepto de libre albedrío. Es decir, que no somos marionetas en manos del Todopoderoso. Eso revela una visión de la religión bastante infantil, propia de quien dejó la catequesis después de la Comunión y no ha vuelto a pensar en ello. Nuestro Dios no es un Zeus que juega con las placas tectónicas cuando se aburre. El hombre tiene libertad de acción y decisión, pero naturalmente está a merced de las leyes de la naturaleza, aunque algunos se hayan creído que ya no nos afectan.
El pecado original es la soberbia: creerse como Dios. Pero la naturaleza de vez en cuando viene a darnos una patada en la espinilla y recordarnos que en este juego no somos más que aficionados. La tragedia de Haití es una más de las que asolan la Tierra. Mientras escribo estas líneas cientos de personas siguen muriendo de hambre, de enfermedades curables o en conflictos armados olvidados en todas partes del planeta, pero ya no son noticia. Tampoco esto será noticia en dos semanas. Por eso he decidido escribir de nuevo mientras a alguien le importe todavía. No puede ser que cualquier problema se convierta en excusa para atacar a los creyentes o desarrollar utopías que quieran salvar a la humanidad a costa del propio hombre.
Hace tiempo leí un libro de ciencia ficción en el que todos los seres humanos habitaban una gigantesca ciudad y no salían nunca de allí. Dentro tenían todo lo que necesitaban y estaban seguros. Todos vestían igual y comían lo mismo. Pero no eran felices. Les faltaba la incertidumbre, la aventura y el peligro. Parece que algunos también pretenden crear un nuevo orden mundial donde todos sigamos las consignas de un único estado. Eso ya se ha intentado antes y ha sido desastroso. Se olvidan de la libertad. Tal vez en Haití no hubiera muerto nadie si tuvieran edificios especiales como los de Japón, pero entonces ya no sería Haití, sería otro Japón más pequeño.
Si algunas personas prefieren vivir en la selva de la recolección y la caza, mientras otros se dedican a vagar por el desierto, es posible que no tengan educación ni sanidad, pero son felices así y no tenemos ningún derecho a cambiar sus vidas según nuestro modelo ideal. Siendo así, es inevitable que pasen épocas de hambruna si escasea la caza o sufran fenómenos naturales como sequía o inundaciones. La comunidad internacional debería estar preparada para ayudar en esos casos con rapidez y eficacia, pero sin intentar interferir en sus propias decisiones. Ni Dios tiene la culpa de los terremotos, ni los hombres tenemos capacidad para impedirlos. Sólo nos queda intentar aprender algo de todo ello.
La Tierra sólo es un pequeño planeta probablemente entre millones en el universo. Suponiendo que Dios existe no estaría pendiente sólo de uno. Pero ante todo está el concepto de libre albedrío. Es decir, que no somos marionetas en manos del Todopoderoso. Eso revela una visión de la religión bastante infantil, propia de quien dejó la catequesis después de la Comunión y no ha vuelto a pensar en ello. Nuestro Dios no es un Zeus que juega con las placas tectónicas cuando se aburre. El hombre tiene libertad de acción y decisión, pero naturalmente está a merced de las leyes de la naturaleza, aunque algunos se hayan creído que ya no nos afectan.
El pecado original es la soberbia: creerse como Dios. Pero la naturaleza de vez en cuando viene a darnos una patada en la espinilla y recordarnos que en este juego no somos más que aficionados. La tragedia de Haití es una más de las que asolan la Tierra. Mientras escribo estas líneas cientos de personas siguen muriendo de hambre, de enfermedades curables o en conflictos armados olvidados en todas partes del planeta, pero ya no son noticia. Tampoco esto será noticia en dos semanas. Por eso he decidido escribir de nuevo mientras a alguien le importe todavía. No puede ser que cualquier problema se convierta en excusa para atacar a los creyentes o desarrollar utopías que quieran salvar a la humanidad a costa del propio hombre.
Hace tiempo leí un libro de ciencia ficción en el que todos los seres humanos habitaban una gigantesca ciudad y no salían nunca de allí. Dentro tenían todo lo que necesitaban y estaban seguros. Todos vestían igual y comían lo mismo. Pero no eran felices. Les faltaba la incertidumbre, la aventura y el peligro. Parece que algunos también pretenden crear un nuevo orden mundial donde todos sigamos las consignas de un único estado. Eso ya se ha intentado antes y ha sido desastroso. Se olvidan de la libertad. Tal vez en Haití no hubiera muerto nadie si tuvieran edificios especiales como los de Japón, pero entonces ya no sería Haití, sería otro Japón más pequeño.
Si algunas personas prefieren vivir en la selva de la recolección y la caza, mientras otros se dedican a vagar por el desierto, es posible que no tengan educación ni sanidad, pero son felices así y no tenemos ningún derecho a cambiar sus vidas según nuestro modelo ideal. Siendo así, es inevitable que pasen épocas de hambruna si escasea la caza o sufran fenómenos naturales como sequía o inundaciones. La comunidad internacional debería estar preparada para ayudar en esos casos con rapidez y eficacia, pero sin intentar interferir en sus propias decisiones. Ni Dios tiene la culpa de los terremotos, ni los hombres tenemos capacidad para impedirlos. Sólo nos queda intentar aprender algo de todo ello.
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