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viernes, 5 de marzo de 2010
For once in your life, be a man
Por una vez en tu vida, sé un hombre. Me llama la atención que se siga diciendo esto hoy en día. Al fin y al cabo, hace tiempo que se ha perdido completamente la moción tradicional de lo que debe ser un hombre, en oposición a una mujer; ahora que se supone que somos todos iguales. ¿Qué significa ser un hombre? Teóricamente ser fuerte y valiente; es decir, no echarse atrás y afrontar las consecuencias de tus actos. Ser un hombre es, o era, dar la cara en cualquier situación, luchar por lo que quieres,sobreponerse a los problemas y las desgracias. En otras palabras, suponía ser el soporte de su familia en momentos de dificultad, apoyarlos y defenderlos, y no dejarse avasallar ni permitir que abusen de los tuyos. Como se ve, está pasado de moda.
Con el cambio de mentalidad, ahora resultaría que ser un hombre significa ser sensible, comprensivo y estar siempre dispuesto a ayudar; supone aceptar que tu pareja salga con otros amigos, que tenga sus propios hobbies y no compartir más que la casa. Ser un hombre se parece hoy más bien al concepto que siempre se ha tenido de un homosexual. Así no es de extrañar que la combinación no funcione. No se pueden exigir conceptos o aptitudes opuestas a una misma persona. No se le puede programar para que sea firme o tolerante, fuerte o sensible, según interese a la ocasión. La próxima vez que alguna piense: me gustaría que se comportara como un hombre; espero que esté dispuesta después a aceptarlo como es en su totalidad. No se puede pedir imposibles.
Con el cambio de mentalidad, ahora resultaría que ser un hombre significa ser sensible, comprensivo y estar siempre dispuesto a ayudar; supone aceptar que tu pareja salga con otros amigos, que tenga sus propios hobbies y no compartir más que la casa. Ser un hombre se parece hoy más bien al concepto que siempre se ha tenido de un homosexual. Así no es de extrañar que la combinación no funcione. No se pueden exigir conceptos o aptitudes opuestas a una misma persona. No se le puede programar para que sea firme o tolerante, fuerte o sensible, según interese a la ocasión. La próxima vez que alguna piense: me gustaría que se comportara como un hombre; espero que esté dispuesta después a aceptarlo como es en su totalidad. No se puede pedir imposibles.
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valentía
lunes, 27 de julio de 2009
De tú a tú
Últimamente hay algo que me llama mucho la atención: ver padres y madres dialogando con sus hijos pequeños de igual a igual. Está bien ser razonable y comprensivo con los niños, pero resulta un poco ridículo intentar mantener una conversación coherente con un niño de cuatro o cinco años. Las consecuencias son varias. Primero que el niño se vuelve del tipo repipi cargante, ya que llega a la conclusión de que sus opiniones son infalibles. Segundo que los padres pierden su autoridad moral al permitir que cuestionen su experiencia vital. Tercero, que el niño se crece y por supuesto deja de admitir ningún tipo de sugerencias, de modo que se transforma en un pequeño tirano. El problema es que, lo que resulta gracioso y simpático en un pequeñín, no tiene ninguna gracia cuando la criatura llega a la adolescencia.
Curiosamente, todo ese respeto y comprensión que derrochan los padres hacia su hijo, no sirve en absoluto de buen ejemplo. El niño les toma la medida y sabe bien hasta dónde puede llegar. Así no es extraño oír de boca de esos monstruillos expresiones como: mamá, eres tonta, no tienes ni idea de nada o déjame en paz; acompañados del clásico: no quiero.
Yo me muerdo la lengua por resistir la tentación de echar dos buenas broncas, una al niño y otra a la madre por irresponsable. No se puede dar a entender a los hijos que son los amos del universo y los demás están allí para servirles. No se debe permitir jamás a un hijo que te falte al respeto, menos en público o te pegue (que los hay), o pronto la excepción se convertirá en la norma sin remedio. Cada cual debe interpretar su papel.
Curiosamente, todo ese respeto y comprensión que derrochan los padres hacia su hijo, no sirve en absoluto de buen ejemplo. El niño les toma la medida y sabe bien hasta dónde puede llegar. Así no es extraño oír de boca de esos monstruillos expresiones como: mamá, eres tonta, no tienes ni idea de nada o déjame en paz; acompañados del clásico: no quiero.
Yo me muerdo la lengua por resistir la tentación de echar dos buenas broncas, una al niño y otra a la madre por irresponsable. No se puede dar a entender a los hijos que son los amos del universo y los demás están allí para servirles. No se debe permitir jamás a un hijo que te falte al respeto, menos en público o te pegue (que los hay), o pronto la excepción se convertirá en la norma sin remedio. Cada cual debe interpretar su papel.
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