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jueves, 3 de diciembre de 2009

Conduciendo por la vida

Soy una gran defensora de la idea de que por la manera de conducir se conoce a las personas. Por desgracia, la mayoría dan la impresión de estar terriblemente estresados, pero de vez en cuando te encuentras a alguien que te cede el paso y te alegra el día. Yo creo que viene a haber un veinte por ciento de egoístas, un sesenta de indiferentes, que sólo van a lo suyo y otro bendito veinte por ciento de gente decente. Junto a mi casa hay un cruce complicado y lo compruebo cada mañana.

En cuanto a nosotros, es curioso, porque mi marido da la impresión de persona seria y controlada, pero, como yo le digo, conduce como un adolescente. No en el sentido de que vaya como loco, sino que practica una conducción deportiva muy juvenil. No hay cosa que más le guste que adelantar por el carril derecho (sin peligro) o meterse entre dos autobuses. Yo lo paso fatal, pero tiene muy buenos reflejos. Todo lo contrario que yo, que no me atrevo a salir de mi ciudad.

Sin embargo, yo también saco el carácter en el coche. No, no me dedico a insultar a nadie. Me refiero a que soy escrupulosamente respetuosa con las normas de tráfico. No paso nunca de cincuenta kilómetros por hora en zona urbana, paro en los pasos de cebra y demás. Pero si llego a la rotonda y me puedo meter entre dos coches, o en el cruce tengo diez segundos para pasar acelerando a tope, ahí estoy yo. Y el caso es que paso miedo, pero lo hago, porque de otro modo estorbaría al tráfico.

Así que, realmente creo que nuestra persona de conducir refleja la personalidad. Ni mi marido es una persona tan formal, ni yo soy tan cautelosa. Él conserva un temperamento juvenil y yo el arrojo que tenía cuando éramos novios y decíamos una mañana: nos vamos a Londres, pues nos vamos, y no lo pensábamos más. En el fondo seguimos siendo los mismos aventureros, aunque ahora la aventura sean nuestros hijos y la defensa de nuestros valores.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Equilibrio en la pareja

He recibido un correo muy curioso sobre la cantidad de cosas que han cambiado en las últimas décadas. Como por ejemplo, los ordenadores, los móviles, las series de televisión, el muro de Berlín, el fin de la guerra fría... Acaba con unas conclusiones sobre cómo sabes que ya eres mayor:
. Cuando entiendes el texto anterior y sonríes.
. Cuando, siendo hombre, por fin eres capaz de decirle que NO a una mujer sin remordimientos.
. Cuando, siendo mujer, por fin eres capaz de decirle que SI a un hombre sin remordimientos....

Y otras muchas verdades. Pero me ha gustado especialmente lo relacionado con hombres y mujeres. Es cierto que de joven te acostumbras a decirle que no a los hombres, porque algunos de ellos son como locomotoras que, si no los frenas, te arrollan. Entonces ellos se dedican a decirle que sí a las mujeres, a seguirnos la corriente, como camino seguro para alcanzar la armonía en la pareja. Ese orden de cosas tan típico de los noviazgos adolescentes, va cambiando con el tiempo. Para que una pareja realmente funcione es necesario volver al equilibrio. Cuando voy al supermercado, veo a menudo parejas donde ella le da instrucciones precisas a él sobre lo que hay que comprar y él se limita a seguirla como un perrillo faldero. No se les ve felices. Se nota que el hombre se está controlando para hacer lo que le apetece y la mujer se está esforzando el mantener las riendas de la situación. En esos casos siempre pienso en qué poco van a durar como matrimonio o lo que sean. Justo el tiempo hasta que él encuentre una mujer que le diga que sí, o ella un hombre que le diga alguna vez que no.

Pax romana es un término que se refiere a un estado de paz duradero que no es natural, sino forzoso. La paz a cualquier precio, a costa de sacrificar los intereses, los gustos y el carácter de uno de los miembros de la pareja sólo conduce a acabar matando el afecto y que no quede nada, más que ese respeto aparente. Hoy en día algunos hombres están tan acobardados ante la idea de que les puedan considerar machistas o incluso maltratadores psicológicos que se sienten obligados a actuar en contra de su propia naturaleza. Tal vez sea uno de los secretos de mi matrimonio y otros que conozco igual de duraderos, que yo aprendí pronto a decir que sí y a aceptar un no por respuesta. Creo que a ninguna mujer normal le gusta tener por pareja a un hombre sin carácter, que se deja llevar y le da todo igual. Otra cosa será lo que digan a sus amigas, pero realmente no hay más que mirar alrededor para comprobar que los hombres de éxito son aquellos que saben decir que no, y las mujeres más felices somos las que sabemos decir que sí de vez en cuando.

Música: Maná. Si no te hubieras ido