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martes, 7 de diciembre de 2010
En persona
Recuerdo que, cuando tenía unos ocho años, me gustaba mucho ir corriendo al colegio, como Forrest Gump. Había poco tráfico por entonces, así que apenas tenía que parar en todo el camino. Llegaba un momento en que ya no era consciente del movimiento de mis piernas, sino que iba en automático, como flotando en el aire. Era una sensación muy agradable. Con el paso de los años, sin embargo, cada vez he sido más consciente de cada paso que daba. He perdido velocidad pero he ganado seguridad. Sin embargo, a veces me gustaría recuperar el soplo de la brisa en la cara, el desafío de seguir sin sendero fijo, la superación del cansancio físico y el relax total; cuando tu único objetivo es avanzar y tu única satisfacción es saber que has cumplido una etapa.
A veces pienso que ya he cumplido una etapa en internet. Hace tiempo que hablo sobre los mismos temas y mi número de lectores se mantiene estable. Cosa que está muy bien, naturalmente. Pero no puedo evitar seguir siendo una corredora de fondo y me gustaría alcanzar nuevas metas. Sueño con hacerme famosa, ganar premios y cosas así... Sé que es una tontería, a mi edad y en mis circunstancias, me puedo dar por contenta con lo que he conseguido. Sin embargo, la niña dentro de mí a veces me reclama, me invita a salir a correr una vez más sin saber a dónde puede llevarme el camino; a arriesgar, a firmar el blog, a abrir los comentarios... Por suerte, sólo son emociones pasajeras.
A veces pienso que ya he cumplido una etapa en internet. Hace tiempo que hablo sobre los mismos temas y mi número de lectores se mantiene estable. Cosa que está muy bien, naturalmente. Pero no puedo evitar seguir siendo una corredora de fondo y me gustaría alcanzar nuevas metas. Sueño con hacerme famosa, ganar premios y cosas así... Sé que es una tontería, a mi edad y en mis circunstancias, me puedo dar por contenta con lo que he conseguido. Sin embargo, la niña dentro de mí a veces me reclama, me invita a salir a correr una vez más sin saber a dónde puede llevarme el camino; a arriesgar, a firmar el blog, a abrir los comentarios... Por suerte, sólo son emociones pasajeras.
jueves, 27 de agosto de 2009
Morir como un perro
Yo tuve perro durante dieciseis años. Aquel animal era uno más de la familia. Lo quería muchísimo. Recuerdo que un día lo saqué a pasear cuando tendría unos catorce años y ya estaba canoso; y un señor, que pasaba por allí, me dijo algo así como: "Pobre animal. Deberías sacrificarlo". Le contesté que si su abuela también era vieja, debería matarla. En ese momento me la jugué con la inconsciencia de la juventud; pero creo que hoy, treinta años después, le contestaría exactamente lo mismo. Mi perro estaba bien y no era razón para acabar con él, sólo porque ya no fuese bonito ni tuviera el pelo lustroso. Hoy me alegro de haber estado con él hasta el final, aunque a mí tampoco me gustara verle tan viejecito.
Ahora me doy cuenta de que algunas ideas las he tenido claras desde el principio, aunque no fuera consciente de ello. Por entonces, la palabra eutanasia ni siquiera la conocíamos. Hoy son mis padres los ancianos y me duele verlos en ese estado, pero no renunciaría a un solo día de sus vidas, ni por mi comodidad ni por la suya propia. La vida tiene un inicio, una plenitud y una decadencia; y, cada época tiene su lado positivo si se sabe vivir plenamente. Pretender que sólo es digno de vivir aquel que se encuentra en perfecto estado, supone volver a las raíces mismas del nazismo. Nadie se suicida por gusto. Lo hacen por desesperación y soledad. Y por supuesto, nadie tiene derecho a decidir sobre el final de la vida de otros.
Ahora me doy cuenta de que algunas ideas las he tenido claras desde el principio, aunque no fuera consciente de ello. Por entonces, la palabra eutanasia ni siquiera la conocíamos. Hoy son mis padres los ancianos y me duele verlos en ese estado, pero no renunciaría a un solo día de sus vidas, ni por mi comodidad ni por la suya propia. La vida tiene un inicio, una plenitud y una decadencia; y, cada época tiene su lado positivo si se sabe vivir plenamente. Pretender que sólo es digno de vivir aquel que se encuentra en perfecto estado, supone volver a las raíces mismas del nazismo. Nadie se suicida por gusto. Lo hacen por desesperación y soledad. Y por supuesto, nadie tiene derecho a decidir sobre el final de la vida de otros.
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