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miércoles, 2 de diciembre de 2009

Adolescentes

Por petición especial voy a intentar explicar lo que es mi vida con tres adolescentes en casa. Llegar a la adolescencia significa recibir un coche nuevo cuando no tienes carnet de conducir ni idea de cómo se conduce. Eso es el cuerpo. En cuanto al cerebro, les entregan un ordenador lleno de datos, pero sin sistema operativo, de manera que no pueden localizar o relacionar la información por sí solos. Sólo hay dos tipos de adolescentes que no dan problemas: los responsables, que no piensan más que en estudiar o los pasotas, que no paran en casa o se pasan el día en el twitter.

Pero la mayoría vienen a ser término medio. Si además resulta que son inteligentes y te has pasado la vida enseñándolos a pensar por sí mismos, entonces tienes una bomba de relojería en casa que puede explotar en cualquier momento. Los adolescentes se sienten seguros de sí mismos, demasiado, pero a la vez tienen un cóctel de emociones que desvirtúa todos sus pensamientos. Así sucede que, cuando estabas pensando que eran chicos sensatos, descubres que han cambiado completamente de opinión de la noche a la mañana sobre todo lo que antes defendían, lo que les gustaba y lo que les parecía bien o mal.

Luego además, tienen memoria selectiva: sólo recuerdan lo que les interesa y como les interesa. Por ejemplo, mi hija mayor no entiende por qué ella a los doce años se acostaba a las nueve y media y su hermana pequeña se acuesta a las diez. No es fácil explicarle que no es lo mismo tener tres hijos de nueve, doce y catorce años, que tres de doce, catorce y diecisiete años. Al final lo que ocurre es que la pequeña acaba viendo cosas en televisión que ni le gustan ni le convienen. Pero ya no podemos mandarlos a todos a su cuarto y quedarnos viendo la tele solos tranquilamente, como cuando eran pequeños.

Así que no se puede bajar nunca la guardia y estás siempre pensando qué será lo siguiente, si mañana va a resultar que tengo un hijo budista. Porque son como esponjas y absorben cualquier ideología y antes de que te dés cuenta se la han tragado sin masticar. Además, como no te lo cuentan, te acabas enterando al cabo del tiempo de que tus hijos tienen unas ideas extrañísimas que a saber de dónde las han sacado o si alguien en particular lleva meses adoctrinándolos a tus espaldas. Sólo contrarrestar la influencia de los medios de comunicación ya es un tarea agotadora. Pero, en general, no me puedo quejar, tal como está el panorama mis hijos son unos santos.

A propósito, cuando decía ayer que dejé de ir a misa hace años, para los que no me conocen, he vuelto a ir desde hace dos años y ahora asisto casi todos los días.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Mi maldición

Desde pequeña me dí cuenta de que algo no era normal en mí. Creo que veo más allá de las cosas y las personas. No se trata de telepatía, sino de aplicación de la lógica pura. En cualquier situación, hay una solución razonable, y, generalmente, es la única que cuadra. Otros se empezan en creer cosas inverosímiles, (como que el preservativo es la panacea que protege de todos los males), pero la solución sensata suele ser la correcta. Supongo que es a causa de mi coeficiente intelectual. Se puede decir que domino la inteligencia emocional en el sentido de empatía, de conocer de antemano las intenciones incluso de aquellos que desconocen que las tienen. Sin embargo, me falla la empatía inversa, porque soy incapaz de convencer a nadie. No sé si es mi lenguaje corporal o mi maldición, pero me he pasado la vida viendo venir los problemas, sin poder hacer nada por evitarlos. Simplemente no tengo credibilidad alguna.

Alguien afirma algo con total seguridad. Yo expreso mis dudas al respecto. Claro, no voy por ahí sentando cátedra. Tal vez ése es el problema. Así que nadie me toma en serio. Dirán: "ya está ésta con sus neuras". Pero lo peor no es eso, sino que, cuando el tiempo indefectiblemente acaba dándome la razón, nadie se acuerda de que yo ya lo sabía. Nunca he conseguido ese reconocimiento público. Lo más que he logrado es tener una ligera influencia positiva en los que me rodean. Es decir, conseguir que al menos no se metan en muchos problemas. Pero no encontraréis a nadie que diga: "Susana tenía razón". Algo tan sencillo... Porque lo cierto, aunque suene a soberbia, es que yo casi nunca me equivoco en mis conclusiones; pero da igual, porque ya me he hecho a la idea de que no me lo van a admitir. He nacido para ser un peón de ajedrez anónimo y despreciable, aunque tenga capacidad para decidir la partida.