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viernes, 19 de noviembre de 2010

Personal sanitario

Comprendo que debe de ser realmente duro trabajar con enfermos. Primero, porque no suelen estar de buen humor, segundo; porque hay que hacerles pruebas desagradables; tercero, porque, en ocasiones, también tienen que darles malas noticias. Y luego, los médicos y las enfermeras vuelven a sus casas a seguir con su vida como si nada hubiera pasado. Precisamente por eso, se agradece infinito ver una persona amistosa en el hospital; alguien que te sonríe y te da conversación; incluso aunque acabe poniéndote mal vía, como me suele suceder a mí porque no me encuentran las venas. Despertarse con una sonrisa, incluso a las cuatro de la mañana, cuando toca la medicina, lo hace todo mucho más llevadero.

Como, por desgracia, he tenido bastantes estancias hospitalarias (10), tengo experiencias de todo tipo. Desde la última, donde no tengo ninguna queja, hasta las tres de mis partos, que no fueron tan agradables a pesar de la ocasión. Más que nada a causa de las comadronas, que deben ser mujeres que nunca han tenido hijos. Si no, no se explica, - estando en una situación tensa, más preocupada por tu bebé que por tí misma -, con dolores, sin apenas poderte mover; como mis tres matronas consiguieron hacerme sentir como una inútil, una quejica y un estorbo. Espero que mi caso sea la excepción y no la norma; porque creo que es un momento tan especial en la vida que toda buena atención y cariño es poco.

miércoles, 2 de junio de 2010

La labor de la Iglesia

Cuando tanto se habla de los fallos de algunos católicos, que, sin duda, existen; no se habla nada en absoluto, en cambio, de la labor callada de la Iglesia. Desde hace siglos, juntos a los enfermos incurables, los más pobres entre los pobres, drogadictos, prostitutas, minusválidos y delincuentes; siempre ha habido un religioso católico dándolo todo a cambio de nada. En los países donde la malaria es una enfermedad endémica, allí están sufriendo tantas recaídas como sus habitantes. Con los enfermos de sida, corriendo el riesgo de contagiarse. En los lugares remotos donde no llegan las carreteras ni los servicios médicos; con los marginados, siguiendo siempre la máxima de: condena el pecado, compadece al pecador. La Iglesia no da la espalda a nadie.

Sin embargo, en el futuro, debido a la falta de vocaciones, la mayor parte de esta labor social de la Iglesia va a ir desapareciendo progresivamente. Entonces, cuando el estado tenga que hacerse cargo de todo y no pueda, tal vez algunos se dén cuenta de que todo el dinero que se entrega a la Iglesia (y sale de la declaración de la Renta de los que así lo deciden), ésta lo multiplica por mil, ya que ni los religiosos ni los voluntarios cobran un sueldo correspondiente al trabajo que están realizando. Lo hacen por amor al prójimo y, precisamente por eso, mucho mejor, muchas más horas y con más dedicación que cualquier asalariado. Cuando esa labor desaparezca, entonces muchos se van a lamentar de haberse quejado de la Iglesia Católica, pero ya será tarde.