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viernes, 1 de abril de 2011

Jóvenes de los ochenta

Llevaba un mes sin escribir, pero no lo habéis notado porque tenía posts acumulados. Después de este descanso, vuelvo con la idea de reivindicar mi capacidad. Todavía hay quien piensa que no puedo opinar porque soy un ama de casa sin estudios superiores. Pero, el hecho de que haya sido más espectadora que actriz en esta película, me ha enseñado mucho. De todas maneras, no hay que olvidar que yo soy una joven de los años ochenta. Nosotros inventamos la rebeldía. Lo que no viví en carne propia, lo pude experimentar entre mis parientes y amigos: alcohol, drogas, sexo, embarazos inesperados, extremismo político, delincuencia, terrorismo... Fue un tiempo difícil y ya estamos de vuelta de todo. Somos los supervivientes de una época.

Como dice una presentación muy graciosa que circula por internet, nosotros conducíamos sin cinturón, íbamos siete en el coche, patinábamos sin rodilleras y montábamos en bicicleta sin casco. Nosotros comíamos grasas animales, fumábamos y nos íbamos de vinos antes de la edad reglamentaria y pasábamos la noche fuera. Eran los años de la movida madrileña. Digamos que no me he criado en una jaula de cristal. Hay cosas de las que todavía me arrepiento. Además, he visto caer a muchos por el camino. He aprendido sobre la vida observando a mi alrededor, y no creo que lo hubiera hecho mejor desde una oficina o estudiando varias carreras. La experiencia es la mejor escuela que existe. Por eso, creo que tengo la capacidad suficiente para opinar y el derecho de hacerlo, como cualquier otra persona.

domingo, 15 de marzo de 2009

Años ochenta

Tengo cuarenta y tres años. Eso significa que en el año 1975 yo tenía nueve años, mi hermano mayor diecinueve. Aquello fue una explosión de libertad en todos los campos, con sólo una pequeña diferencia: que habíamos recibido una educación muy completa. Quien diga que estábamos reprimidos o que no sabíamos lo que queríamos, se equivoca. Hicimos lo que quisimos y, el que no hizo más, fue porque no quiso. Simplemente éramos más maduros.

Ahora es fácil hablar del pasado a las personas que no lo vivieron. Es muy cómodo culpar a nuestros padres, maestros o gobernantes de aquello que no nos atrevimos a vivir. Cuando alguien tiene personalidad y carácter, no hay sociedad que lo frene. Comprendo que se pueda engañar a los menores de treinta años, pero "yo estuve allí". Ya escribí un post con ese título en otro blog. El ambiente opresivo, la moralidad estricta, supongo que existió unas décadas antes, pero no desde que yo recuerdo.

Ni mis padres mi obligaban a ir a misa, ni las monjas se metían en nuestra vida privada. Fumábamos y bebíamos en edades que ahora no son legales, teóricamente, pero lo hacíamos con un sentido de responsabilidad que ahora no existe. Teníamos muy clara la importancia de los estudios o el trabajo. Teníamos una cultura del respeto a los mayores y de protección a la mujer, que se ha perdido. Pero eso no significa que no pudiéramos llegar tan lejos como cada uno quisiera. La prueba está por desgracia en todos los que se quedaron en el camino.

El dichoso victimismo. Estar a estas alturas de la película echando la culpa de nuestros traumas a maestros más o menos simpáticos, a sacerdotes más o menos acertados... No eran más que personas. Quien no vivió esos años a tope, no fue porque no tuviera todas las oportunidades y, lo que es más importante, toda la información necesaria para no correr riesgos excesivos. Algunos tuvieron más suerte que otros. Me molesta cuando algunos utilizan la excusa de la represión que sufrieron, para justificar que ahora sean incapaces de poner límites, de respetar a los demás o de ser felices.